Catedral de Murcia (Fachada). Fotografía de Marina Belso Delgado [Todos los derechos reservados]

PARTE 1

Catedral de Murcia (Fachada). Fotografía de Marina Belso Delgado [Todos los derechos reservados]

Mis pies se detuvieron a dos pasos de los escalones de piedra labrada. Con ojos absortos contemplaba la gran fachada dieciochesca, una hermosa obra donde las sabias miradas de los santos prodigaban por los sillares de piedra, oscurecidos a causa del inevitable paso de los años y la sutil huella de la humedad murciana. Esos ojos que admiraba desde mi sitio parecían devolverme el favor, al clavarse en mi rostro, turbado por la majestuosidad de sus espirituales gestos, aburridos de la atolondrada vida de una ciudad dormida para el arte y despierta para todo lo demás.

Atravesé las puertas que me invitaban a conocer el secreto escondido en las entrañas de uno de los edificios más antiguos de la ciudad. En la entrada, una anciana mendiga suplicaba entre los asistentes a aquel espectáculo un poco de caridad efímera. Las sombras del templo se ciñeron sobre mí. Su aroma delicado de incienso y espíritu arcano – conservado entre fríos muros de piedra – acarició mi rostro como un aliento fresco. Mis dedos vagaron sobre la pila de agua bendita, indecisos, para finalmente sumergirse en ella y conjurar una cruz sobre mi pecho. Caminé con paso lento entre el frágil silencio, tenuemente quebrado por el leve fulgor de las velas encendidas. Reparé entonces en la increíble pila bautismal de la Capilla del Socorro – cuya prima conocida apenas un momento antes parecía avergonzarse de su humildad – y el precioso retablo labrado en mármol de su interior.

Catedral de Murcia (Interior). Fotografía de Marina Belso Delgado
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Mis zapatos indignos continuaron su recorrido a través de aquellas capillas cargadas de historia y leyendas sagradas, perpetuadas a lo largo de años cada vez más fugaces y paganos. La Capilla de San Fernando, la Capilla del Beato Andrés Hibernón… parecía que nada más podía sorprenderme, cuando mis pasos se detuvieron de golpe en la entrada del más bello mausoleo de todos los presentes en la Catedral. Acaricié los barrotes de hierro oxidado. Sonreí sintiendo como toda aquella magnificencia sobrecogedora oprimía mi pecho. La Capilla de los Vélez. Una altísima cripta gótica cargada de grandeza, cautivadora como ninguna otra, corazón de mundanas leyendas.

Capilla de los Vélez (Interior). Fotografía de Marina Belso Delgado
[Todos los derechos reservados]
Cerré los ojos un instante y cuando los abrí, descubrí a un hombre de talle alto y oscura vestimenta de espaldas a mí. Con cautela y procurando pasar inadvertida, me acerqué a escuchar sus palabras.

vos, mendigo, imposible es para mí creer semejante sandez salida de unos labios como los vuestros.”, se volvió hacia el hombre vestido con harapos que aguardaba a su lado. Miré extrañada el semblante de este, reflejo de la más pura confianza, acorde con su postura aquietada. “Mas vuestro afán me conmueve”, continuó el noble. “Presto, responded a mi conjura. Si en un arranque de efímera locura, mi más cuerda mente aceptara el caso que vuestras impertinentes palabras proponen, sería con una letal condición.”

“Os escucho, mi señor”, asintió el otro.

El noble se volvió hacia él con una sonrisa divertida. Ninguno de los dos reparó en mi presencia.

“Si es cierto lo que vos decís, yo os creeré; mas, si vuestras palabras no responden a los actos que éstas proponen, colgado de una cuerda vuestro oscuro cuello será exhibido.”

Ni aquella cruel sentencia – salida de sonrisa engreída y ojos burlones – pudo turbar la postura del loco escultor.

“Como yo antes a vos, Marqués de Vélez, dijere”, volvió su mirada al pétreo mausoleo mientras extendía las extremidades hacia él. “Estas manos, que ante vos luzco, capaces son de ello y mucho más. Construiré la cadena como os prometiere.  Una grandiosa cadena de noventa eslabones, con medidas perfectas, que abrazará el exterior de la hermosa capilla que se alza ante mis ojos.”, su mirada se cruzó con la del noble. “A cambio sólo rogar puedo, a su ilustrísima, asilo y alimento. Mas si mis pronunciadas palabras mi señor no viere cumplidas, pública sea mi sentencia.”

“Sea”, aceptó el noble, cuya sonrisa burlona había desaparecido hacía ya rato de su rostro, ahora serio. “Vuestra vida es y a mí la encomendáis.”

Como volutas de humo desaparecieron de mi vista, para volver a surgir como siete años más tarde, acompañados de una voluminosa comitiva que dedicaba asombradas miradas al lunático mendigo.

El marqués, al que reconocí por su vestimenta, avanzó un paso.

“Noche lúcida eligieron vuestras manos para mostrar bellísima obra de arte”, confesó. “Mis ojos jamás vieron ni vieren tanta perfección salida de unas manos tan burdas como las vuestras, amigo mío. Mas mi promesa se viere hoy cumplida y vos conservareis vuestra vida.”

Un grupo de guardias salió tras los muros de la gran iglesia, el mendigo se volvió sorprendido hacia ellos.

“Pese a ello, llegado han a mis viejos oídos, palabras vuestras de futuros viajes para labrar el increíble dominio que poseéis sobre este oficio”, sonrió el noble. El lunático retrocedió un paso, al descubrir el deje de maldad oculto en la voz del marqués. “Mas yo mismo negarme tengo a permitir que vuestras manos pudieren fabricar gemelas de la magnificencia que supisteis transmitir impecablemente a mi cadena”. A una orden los soldados prendieron al mendigo. “Gracias a mi prudencia, ello no ocurrirá jamás, pues ordenado es que vuestros ojos y manos inhabilitados sean por toda eternidad, y vuestra persona misma sea encerrada en una lóbrega prisión de la que ni vuestra locura misma os sacará jamás. ¡Apresadlo!”

“¡Pero, mi señor!”, exclamó el escultor.

“¡Silencio!”, ordenó. “Vuestras groseras palabras perturbado han este lugar sagrado… Con más razón se vea agravado vuestro castigo”.

Y de la misma forma que habían resurgido las figuras, se desvanecieron como el polvo que cubría los barrotes de la cripta vacía. Con un suspiro, aparté los ojos de ella para continuar con mi cometido.

 

CONTINUARÁ…

 

Mª Consolación Pascual del Riquelme Gil de Pareja.