Siempre me produjo un cierto respeto. Incluso con los años, cuando ya éramos conocidos —nunca podría decir que amigos, porque no tuve la fortuna de tratarlo más allá de los conciertos en los que coincidíamos—, conservamos esa costumbre de saludarnos y compartir impresiones sobre el directo que acabábamos de presenciar. Yo procuraba aprender; él, con una generosidad que siempre me sorprendió, escuchaba mis opiniones sobre un territorio que, evidentemente, él conocía con una profundidad muy superior a la mía.
Jam Albarracín pertenecía a esa estirpe de pioneros que, antes de que hablar de una escena musical murciana resultara natural, nos enseñaron que también aquí podía existir un pequeño oasis para el rock. Con Farmacia de Guardia, junto a Los Hurones, formó parte de aquella reducida avanzadilla de músicos murcianos capaces de traspasar las fronteras de la Región durante los años ochenta. Y sí, también estaba Azul y Negro, aunque quizá quienes crecimos mirando antes hacia las guitarras que hacia los sintetizadores no supimos concederles entonces toda la importancia que merecían.
Farmacia de Guardia quedará para siempre asociada a “Cazadora de cuero”, aquel himno que llegó a sonar en todas las emisoras y que nos permitía pronunciar, con una mezcla de orgullo y cierta insolencia adolescente, una frase que parecía contener todo un descubrimiento: son de Murcia.
Pero reducir su legado a aquella canción sería injusto. Estaban también “Ella es demoledora”, con aquel recordado videoclip por el Tontódromo; “Vivir en Beirut” y, quizá por una cuestión puramente sentimental, mi favorita: “Soy un cadáver”. Canciones que forman parte de una memoria musical que hoy resulta inseparable de aquellos años en los que todo parecía estar por inventar.
Más tarde llegaría Arma Joven, junto a Ricardo Ruipérez. Pero quizá su aportación más profunda, aquella que ha terminado adquiriendo una dimensión mucho mayor que la estrictamente musical, llegó desde otro lugar: la divulgación.
Periodista musical de enorme prestigio, desde las páginas de La Verdad Jam construyó durante décadas una de las miradas más lúcidas y necesarias sobre la música que se hacía en Murcia. Su criterio fue referencia, y su presencia, una constante en una escena que él no se limitó a observar: contribuyó decisivamente a documentarla, estimularla y darle valor.
Por sus oídos pasaron generaciones enteras de músicos. Y su opinión, siempre fundamentada, tuvo un peso especial entre quienes comenzaban a abrirse camino. Año tras año lo recuerdo como miembro del jurado de CreaMurcia, defendiendo con vehemencia propuestas que quizá otros no habían sabido escuchar todavía y que, con el tiempo, terminarían ocupando un lugar esencial en la historia reciente de nuestra música.
Todo eso forma parte de su biografía. Es, seguramente, lo que aparecerá en muchos de los obituarios que hoy se escriban sobre él, algunos más extensos y completos que estas líneas.
Yo, sin embargo, prefiero recordarlo de otra manera.
Quiero recordar estos últimos años, cuando la enfermedad ya había dejado su huella, cuando el cansancio comenzaba a hacerse visible y las fuerzas ya no acompañaban como antes. En circunstancias en las que muchos de nosotros habríamos encontrado razones suficientes para quedarnos en casa, Jam seguía saliendo. Seguía acudiendo a conciertos. Seguía escuchando bandas. Seguía ejerciendo, hasta donde el cuerpo le permitió, aquello que había hecho durante toda su vida: estar al pie del escenario y mirar hacia adelante.
El pasado otoño coincidimos hablando en el concierto de Noise Box en REM. El directo le había sorprendido, sobre todo porque la banda, después de más de dos décadas de trayectoria, no había perdido —decíamos— ni un ápice de aquella energía que la caracterizaba. Estoy seguro de que le habría gustado estar el próximo 11 de diciembre en el Teatro Circo para celebrar con ellos sus veinticinco años de historia.
Creo que la última vez que hablamos fue a la salida del concierto de The Pains of Being Pure at Heart, en la Sala REM. Aunque también coincidimos en algunos otros: M Clan, Suede, ZZ Top —hablo de memoria— y, por supuesto, en CreaMurcia, donde todavía encontraba energía y argumentos para defender sus posiciones en aquellas deliberaciones en las que nunca se conformaba con el camino fácil.
Prefiero quedarme con esa imagen.
La de un hombre lleno de vida incluso cuando la vida comenzaba a exigirle demasiado, profundamente enamorado de la música y con una curiosidad intacta por todo aquello que estaba sucediendo. Porque quizá esa sea una de las mayores virtudes que puede tener un periodista musical: no dejar de escuchar nunca.
Por eso, si pudiera hacer una humilde propuesta para preservar su memoria, pediría que los Premios Yepes bautizaran con su nombre el galardón al Mejor Álbum de Rock. Sería una forma hermosa y justa de reconocer a quien dedicó buena parte de su vida a escuchar, descubrir, defender y poner en valor el rock hecho en nuestra tierra.
Hoy muchos recordarán a Jam con su inseparable cazadora de cuero. Es una imagen poderosa y, probablemente, inevitable.
Yo prefiero recordarlo caminando hacia un concierto.
Porque los viejos rockeros, como él, quizá no mueran nunca. Simplemente dejan de ocupar la butaca de al lado y pasan a formar parte de esa memoria invisible que acompaña cada vez que se apagan las luces, se encienden los amplificadores y una banda comienza a tocar.
Descansa en paz, Jam. Los viejos rockeros nunca mueren.

