Por Joaquín José Iniesta Sánchez

 

Subí los escalones de dos en dos del vetusto edificio, la penumbra reinaba en los rellanos pero, en contraste con las escaleras, esa escasa luz incendiaba las miradas como la de un amanecer a la salida de un túnel. Ese trayecto nos dirigía a casa de nuestros abuelos, en aquella época no existía internet o Netflix y visitar a nuestros mayores no suponía un problema. Indefectiblemente, la entrada al segundo piso de calle de la Sociedad traía tres paradas obligatorias: la sala de estar, dónde estaba mí abuela; el dormitorio, dónde permanecía mi abuelo y, en el despacho junto a la entrada, majestuosa, hermosa, se alzaba la Virgen de la Esperanza, talla de Don José Sánchez Lozano.

Allá por finales de los 40 un grupo de jóvenes, con la arrogancia propia de la edad, se embarcó en la hercúlea tarea de sacar al Cristo del Rescate –venerada imagen de la vida murciana- en procesión por el casco antiguo de Murcia. Viéndose en la necesidad de buscar a un acompañante, se encaminaron a Don José Iniesta Eslava, empresario cinematográfico, ex presidente del Real Murcia –contaba con el logro de ser el primer mandatario que lo condujo a la máxima categoría- para que donara una imagen. Don José le encargo a José Sánchez Lozano que hiciera una escultura para procesionar junto al Cristo. José Sánchez Lozano, ‘el más grande imaginero del siglo XX’, realizó una bellísima talla inspirada en la Macarena sevillana en la que la Virgen muestra un rictus que navega entre el amor y el dolor de una madre consciente del sufrimiento -junto a la esperanza que el mismo traería- que estaba por llegar.

 

Tras realizar esa maravillosa imagen, Sánchez Lozano se encontró con la sorpresa de un nuevo encargo: una copia exacta de la primera imagen. El gran trabajo del pilareño encandiló a Doña Rosario Moreno, esposa de Don José, ‘obligándolo’ a mantener el original en casa mientras se donaba a la iglesia la segunda talla para recibir culto.

 

Es original la Virgen que pasea por Murcia acompañando a su hijo hasta ese soberbio momento en el que se encuentran en la plaza de San Juan. En la oscuridad y silencio, Madre e Hijo caminan al encuentro, ese momento roto por las saetas es un hermoso clímax dentro de la semana santa capitalina, esa culminación permanece oculta dentro de otros desfiles más enraizados y promocionados. La Plaza de San Juan rebosa de fieles y curiosos, pero aún hay mucha gente que no ha vivido un momento de los más impactantes de la semana de pasión huertana.

 

Y aquí nace mi historia. De esos largos Martes Santos, esos que se iniciaban subiendo los dos pisos por la oscura, estrecha y añeja escalera de casa de mis abuelos, hasta encontrar la talla. Mi padre siempre se ofrecía alegremente a ser el que hacía el traslado, lo que inexorablemente significaba que mis hermanos y yo teníamos que hacerlo, bajábamos esos peldaños, que antes subíamos de dos en dos con la precisa carga. ¡Un giro aquí! Vamos a ponerla en pie en este descansillo que no podemos girarla. Con ese cuidado que pones cuando trasportas algo tan valioso. Esa virgen que por la noche iba a pasear a hombros de 32 devotos, hacía su primer recorrido del Martes Santo dentro de un Ford Fiesta rojo en el que no cabía y un hermano sujetaba el maletero mientras otro rezaba por encontrar el menor número de semáforos ante la dificultad de cambiar de marcha. Esa imagen llegaba a su destino envuelta en sabanas, nadie podía percibir tras ese envoltorio la esplendorosa Esperanza que esa noche recibiría piropos por la ciudad.

 

Así empezaba mi Martes Santo. Hoy la imagen original mora en las instalaciones de la cofradía en la Plaza Cristo del Rescate y ya no hace ese camino matutino –ni el de vuelta que también recorría el miércoles por la mañana de nuestra mano- para encontrarse con su trono y pasear su enorme manto verde de terciopelo francés. Pero yo sigo fiel a mi cita para ser uno de sus 32 motores en el Martes Santo.