Cuando Elliott Murphy suba esta noche al escenario del Teatro Villa de Molina con su banda, no estará simplemente presentando un concierto. Estará cerrando —o más bien prolongando— un círculo que comenzó hace más de cinco décadas en las playas de Long Island y que, contra todo pronóstico de la industria, sigue escribiéndose con la misma elegancia y urgencia lírica de siempre.

Nacido el 16 de marzo de 1949 en Rockville Centre, Nueva York, en el seno de una familia vinculada al espectáculo, Murphy creció en Garden City con una guitarra en las manos desde los doce años. Su banda juvenil, The Rapscallions, ya ganó el Battle of the Bands del estado en 1966. En 1971, con apenas veinte años, cruzó el Atlántico como troubadour y acabó apareciendo en un pequeño papel en la película Roma de Federico Fellini. Aquel viaje europeo fue premonitorio: décadas después, París se convertiría en su hogar definitivo.

De vuelta a Nueva York, el crítico Paul Nelson lo descubrió y en 1973 Polydor editó Aquashow, su debut absoluto. El disco —con su portada evocadora del Plaza Hotel y su primer single “Last of the Rock Stars”— fue aclamado por Rolling Stone, Newsweek y The New Yorker como la llegada de un nuevo Dylan con sensibilidad neoyorquina. Le siguieron Lost Generation (1975, producido por Paul A. Rothchild, de The Doors), Night Lights (con Billy Joel al piano) y Just a Story from America (1977, con Mick Taylor y Phil Collins). La prensa hablaba de él como “el próximo monstruo del rock”. El monstruo, sin embargo, eligió otro camino: el de la integridad.

Los años ochenta lo vieron publicar Affairs, Murph the Surf y Milwaukee (producido por Jerry Harrison de Talking Heads). En 1995 llegó Selling the Gold, con el dúo “Everything I Do” junto a Bruce Springsteen y una colaboración con The Violent Femmes. Pero el verdadero giro ocurrió cuando Elliott decidió instalarse en París a finales de los noventa. Allí, lejos del ruido americano, ha vivido los últimos treinta años como expatriado neoyorquino, publicando más de treinta y cinco discos, cuatro novelas (la trilogía rock Marty May, Tramps, Diamonds by the Yard y la neo-western Poetic Justice), colecciones de relatos y colaborando con revistas como Rolling Stone o Vanity Fair.

En 2012 recibió la Médaille de Vermeil de la Ville de Paris; en 2015, el Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres; en 2018, Billy Joel lo indujo en el Long Island Music Hall of Fame. Su hijo Gaspard, músico y productor, ha firmado los arreglos de sus últimos trabajos, cerrando un círculo familiar hermoso. El documental The Second Act of Elliott Murphy (2016) y la película Broken Poet (basada en uno de sus cuentos y con cameo de Springsteen) certifican que su segunda vida europea no ha sido un exilio, sino una consagración.

Esta noche, en el marco de su Infinity Tour 2026, Murphy traerá esa madurez serena y ese filo poético que nunca ha perdido. Para quienes se acerquen al Teatro Villa de Molina, aquí van cinco canciones que condensan medio siglo de maestría:

  1. “Last of the Rock Stars” (Aquashow, 1973)
    El himno fundacional. Una declaración de intenciones con la que Murphy se presentó al mundo: “I’m the last of the rock stars / and I’m standing here alone”. Cinco décadas después, sigue siendo verdad.
  2. “Diamonds by the Yard” (Night Lights, 1976)
    Una balada neoyorquina crepuscular, con ecos velvetianos. Joyería urbana y melancolía de lujo: Murphy en estado puro.
  3. “Rock Ballad” (Just a Story from America, 1977)
    Elegida por su propio hijo Gaspard como la número uno de su vida. Una guitarra Stratocaster del 60 y una historia de amor y rock que emociona sin necesidad de gritar.
  4. “Continental Kinda Girl” (Murph the Surf, 1982)
    Swing europeo y picardía americana. La prueba de que Murphy siempre supo coquetear con el viejo continente antes incluso de mudarse a él.
  5. “Big Sky” (Strings of the Storm, 2003)
    Ya en plena madurez parisina, una oda al cielo abierto y a la libertad que solo encuentran los que han cruzado océanos. Perfecta para cerrar un set y abrir el alma.

Elliott Murphy no viene a Molina a recordar viejos tiempos. Viene a demostrar que el tiempo, cuando se vive con honestidad y talento, no erosiona la voz: la afina. Esta noche, en el Teatro Villa de Molina, el último de los rock stars seguirá siendo el primero en poesía. No se lo pierdan.

Entradas aquí